miércoles, 4 de febrero de 2026

UN AÑO


Hace un año que pasé por quirófano. Un año que comencé con miedos, pero también con esperanza. Un año en el que la fe me dio paz, tranquilidad y confianza, aunque la incertidumbre de lo que vendría después contrarrestaba esa falsa calma.

Todo comenzó el 29 de octubre de 2024, el día que mayores y pequeños recordaremos como el día del horror, el día en el que la fuerza y abundancia del agua, y toda esa suciedad natural o no que se acumuló en montes y cauces asoló ciudades y pueblos valencianos, llevándose por delante 230 vidas humanas. El país estaba herido, y yo también.

Ese 29 de octubre estaba trabajando, como todas las mañanas, tecleando frente al ordenador, validando documentos, comprobando números, cotejando datos… Y sonó el teléfono. Un número largo, +34…, sabía que era del hospital. La voz que me contestó al otro lado del hilo telefónico lo confirmó: “¿María Luisa López? Soy el doctor Utrilla. Llamaba para decirle que la citarán para hacerle una biopsia.” Me quedé bloqueada, como si sus palabras me hubieran apagado por dentro. Le di las gracias y colgué. En ese momento el cielo se desplomó sobre mí. ¡Una biopsia! Eso quiere decir que han encontrado algo, que tienen que analizar alguna cosa que han visto. El informe de la mamografía lo decía claro: “BI-RADS 4C- Alta sospecha de malignidad”.

A las dos horas de esa primera llamada recibo otra, de nuevo un número largo. ¿Se habrá equivocado o le faltaba algo por decirme? Era del servicio de radiología del hospital, me estaban citando para hacerme la biopsia a la mañana siguiente, el día 30. El asunto iba rápido.

Hice una llamada, a mi marido, mi sostén en los momentos difíciles. Me desmoroné. Teníamos que sacar billetes, en AVE, no podía conducir.

La gota fría aún no había descargado. Fue transcurriendo el tiempo y lo que en realidad fueron horas, mi cabeza lo convirtió en un ¡alto! en el que se solapaban las ideas, los sentimientos y los pensamientos como si no tuvieran sitio para extenderse.

Mi cabeza puso orden, ¿a quién decírselo y a quién no?

Mis hermanos, sí. Era demasiado importante como para ocultárselo.

A mi madre, no. La hundiría. No quería asustarla por algo que quizá —intentaba repetirme— no fuera malo.

Entrada la tarde empezaron a llegar imágenes de lo que estaba ocurriendo en Valencia. En las casas, en las calles, en las carreteras. La corriente se llevaba los coches, llenos o vacíos. ¡Dios mío, tanta tragedia! Ese día quedó grabado en nuestros corazones. Ese día fue un mal día.

Esa misma noche, con mi hija ya durmiendo, no pude hacer otra cosa que mirarla y llorar. No quería morir, pero no por mí, por mi pequeña; un dolor inmenso se apoderó de mí. No podía perder a su madre, no con 10 años. Todo me pareció injusto, doloroso.

A la mañana siguiente, con un gran bajón en mi estado de ánimo, fuimos al hospital. Me llamaron y entré en la sala. Una camilla, una doctora, una enfermera y muchos aparatos. Anestesia local y comenzaron a pincharme, a extraer muestras y a soltar marcadores (esos clips internos que ponen para guiar las siguientes pruebas), todo tenía que quedar señalizado. La enfermera era un ángel, tierna, cariñosa, empática… Su voz dulce y su mirada agradable me ayudaron a sobrellevar el momento.

Ahí comenzó la vorágine de pruebas, citas y más pruebas, el miedo al resultado, la llamada que no llega… Con la ansiedad de la incertidumbre me puse a buscar en los informes, este no… este tampoco… seguía buscando, hasta que lo encontré, casi escondido entre tanta palabra y documento. En ese momento se me heló la sangre: carcinoma in situ, carcinoma invasivo… Me hundí, me apagué por dentro. Todo interior: no podía mostrarlo en mi semblante, no podían sufrir lo que yo estaba sufriendo, no era justo. Hasta que pasados unos días, no pude más y le hablé a mi marido de mi “hallazgo”. Incomprensiblemente me dio las gracias: le había quitado un peso de encima. Ya no tenía dudas y miedos, ahora era certeza, se podía mirar de otra forma. Él estaba ahí para todo. Duro golpe también para él.

Pasó poco tiempo más y llegó la llamada. Confirmado. La misma voz, de nuevo el doctor Utrilla: “Buenos días, María Luisa. Ya tenemos los resultados: es pequeño, está muy localizado. Te voy a derivar con la ginecóloga oncológica especialista en mama. Te llamará”. De nuevo en el trabajo, frente al ordenador, ahí ya no pude sostenerme. Cedí ante las lágrimas. A pesar de saberlo unos días antes, me faltaba la confirmación. Ahí comenzó el desenfreno, todo lo que había estado conteniendo explotó. Fue mi primera visita a la Asociación Española contra el Cáncer. Quería que me ayudaran, ya tenía cita con Laura, la psicóloga. A pesar de que me aconsejó que se lo contara a mi hija, decidí no hacerlo, para qué le iba a dar ese sufrimiento. Lo haría, pero no ahora.

Vinieron más citas, más pruebas, tenía que estar todo cuadrado para el día de la operación. La más dura, la de la ginecóloga, cuando dijo la fatídica palabra: mastectomía. Me iban a quitar un pecho, no quedaba otra, tenía el tumor localizado en un lugar que no permitía quitar un pedacito. Nuevamente todo se tambaleó. Sí, probablemente fuera todo por la repercusión estética que ello supondría. No tengo los pechos grandes, pero perder uno dolía. Iba a recordarlo cada vez que me mirara, como una herida de guerra. Esta guerra tan injusta que es el cáncer.

¡Sí, cáncer! ¡El maldito bicho había entrado en mi cuerpo! Había que hacer lo que fuera necesario por echarlo. ¿Mastectomía? Pues mastectomía.

Ahora venía la espera por otra nueva llamada: la cita para operarme. Tenían que ponerse de acuerdo los dos cirujanos: la ginecóloga y el cirujano plástico. En la misma operación podían intervenir los dos, siempre y cuando al quitarme y analizar los ganglios linfáticos, estos dieran negativo.

Y llegó una de las últimas citas, y como Dios escribe recto con renglones torcidos… hizo que las cosas confluyeran de tal manera que no me quedara más remedio que decirle a mi madre lo que pasaba. Dio la casualidad de que las dos teníamos cita, con media hora de diferencia, en el mismo hospital, mismo edificio, misma planta, con distinto médico.

Sabía que nos la íbamos a encontrar. Y que me encontrara a mí sola no le levantaría sospechas, pero ver a mi marido… No me salvaba. Así que fui un día con la excusa del trabajo y me quedé a solas con ella. En ese momento sentí con fuerza la entereza de una madre que te apoya, te quiere y te da fuerza, aunque por dentro estuviera devastada. Grande e inconmensurable amor.

Ya tenía fecha; confirmado: 10 de diciembre, martes. Los nervios seguían un ritmo, la cabeza otro. Un día antes de la operación recibo una nueva llamada, era la doctora Peña, mi ginecóloga: “Llamo para decirte que mañana no podré operarte. Han ingresado a mi hija y estoy de permiso. No puedo operarte, pero no te preocupes, estarás en manos de una excelente profesional de mi equipo. Tengo plena confianza en ella. Si no, tendríamos que retrasar la operación”. ¡Zas! No me lo podía creer. A unas horas de la intervención, la cirujana me llama para decirme que ella no puede operarme. En ese momento, todo se volvió negro. ¿De verdad me estaba pasando eso? Le dije que me dejara pensarlo, que la llamaría. Tras pensarlo y hablarlo con mi esposo, menos mal que le tenía ahí, incondicional, apoyándome y ayudándome, le confirmé que seguía adelante. Si la operación estaba fijada para el día 10, no podía retrasarlo, no era una operación de cataratas, me iban a quitar el cáncer que me carcomía por dentro.

En esos momentos la incredulidad me aplastaba. No era posible intentar llegar serena al hospital. ¿Qué más puede pasar? ¿No es ya suficiente? La desesperación y el nerviosismo campaban a sus anchas. “Piensa en positivo, las cosas malas no hay que llamarlas”. Sí, claro. No las llamo, vienen solas. Batalla campal en mi interior.

Esa noche dormí, poco, pero dormí. Ya estaba. Llegaba el día de la operación. Acudimos temprano, la operación requería un previo. Una linfogammagrafía (una prueba de medicina nuclear que usa un marcador radiactivo inyectado), importante para tener localizados los ganglios centinela que me tenían que extirpar y analizar. Una vez hecha, subimos a la habitación. No estaba mal. Diez años antes habíamos estado en esa misma unidad, la 64, pero por otros motivos más alegres.

Y esperamos, poco, no se hizo largo. Hora programada: las tres de la tarde. Tras el desfile de médicos y enfermeras, camisón de hospital, medias de compresión, dibujos en la piel… Todo listo. Con puntualidad inglesa vinieron a por mí. Pasillo largo con habitaciones y quirófanos. Mucha luz, todo impoluto, vamos a coger la vía… Imposible, no me encuentran vena y las que me encuentran son finas, se rompen. Más nervio, ganas de llorar. Viene una enfermera más experimentada, cogida. Ya estoy lista. Pasa la doctora Sánchez, una cara dulce, agradable, me tranquiliza, ella es quien me va a operar.

Me llevan a quirófano. Me colocan. Saludo a todos. Les doy las gracias. Y lloro. En esos momentos la tensión es máxima. Cuando despierte sabré cómo ha ido. Comienzo a contar…

Despierto en la sala de reanimación. Nos cuida un enfermero, Roque. “El perro de San Roque no tiene rabo porque Ramón Ramírez se lo ha cortado”. Se ríe, no lo conocía. Me confirman que ha salido todo bien, me han quitado tres ganglios centinela, los han analizado y ¡negativos!, me reconstruyen el pecho.

A pesar de acabar de salir de la operación, cuatro horas, no paro de hablar. Me entero de que llevo un pelín de fentanilo en el cuerpo… estoy drogada, pero contenta. Me han quitado el bicho y aparentemente no se ha dispersado por mi cuerpo. 

¡Puto cáncer!

domingo, 4 de enero de 2026

MI ROSCÓN DE REYES

Una receta pensada, probada y afinada con los años 

El roscón no es un invento reciente ni exclusivo de España, aunque aquí haya acabado ocupando un lugar muy concreto. Su origen se remonta a celebraciones antiguas ligadas al cambio de ciclo, cuando se compartían tortas sencillas en las que se escondía un haba como parte del juego. Con el tiempo, esa costumbre fue adaptándose y quedó asociada a la Epifanía. El roscón fue ganando riqueza, ingredientes y presencia hasta convertirse en el dulce que hoy identifica el día de Reyes.

En otros países existen bollos similares ligados a esas mismas fechas. Cada sitio ha ido resolviendo la celebración a su manera. Aquí, el roscón se quedó. Y no solo como algo que se compra, sino como algo que se parte, se comenta y, en muchos casos, se discute.

No creo que exista una única receta del roscón de Reyes. La que hago en casa es el resultado de leer mucho, probar bastante y quedarme solo con lo que, con el tiempo, me ha funcionado. He ido tomando ideas de distintas recetas, ajustando cantidades, cambiando tiempos y descartando lo que no tenía sentido para mí.

Admite menos ocurrencias de las que parece y más atención de la que suele recibir. No todo vale, pero tampoco hay una sola manera correcta de hacerlo. Entre pruebas, repeticiones y algún fallo, una acaba encontrando su punto.

No lo hago por tradición heredada ni por nostalgia. Lo hago porque me gusta el proceso, porque controlo los ingredientes y porque, cuando llegan los Reyes, hay cosas que prefiero hacer bien y en casa.

Porque la receta básica no tiene demasiado misterio: harina, levadura, leche, azúcar, mantequilla y sal. A partir de ahí empieza lo de siempre. Como con la tortilla de patata: ¿con cebolla o sin cebolla? Hay quien no concibe un roscón sin fruta confitada, bien visible y bien colorida, y quien la aparta sistemáticamente del plato. A otros, en cambio, les entusiasman los rellenos: nata, crema, chocolate, trufa.

En ese terreno no hay verdades absolutas. El roscón admite versiones y gustos distintos. Para mí, lo importante no está tanto en lo que se le pone por encima o por dentro, como en la masa: que esté bien hecha, bien levada y bien horneada. Lo demás es opcional. Y sí, tengo mis preferencias: sin relleno y con frutas. 

La primera vez que hice este roscón fue casi por probar. Me gustó tanto el resultado que supe enseguida que no sería el último. Aquella vez me vine arriba con las cantidades y la Thermomix casi pide auxilio, así que aprendí rápido una lección práctica: si se hace mucha masa, mejor dividir o amasar en dos veces. El roscón salió tierno, esponjoso y con un aroma que ya apuntaba maneras. Ahí empezó todo.

Con los años he aprendido a no pelearme con los levados. Alguna vez el segundo ha ido lento, lentísimo, y no pasa nada. Se espera. Recuerdo un año que estuvo casi tres horas y media tranquilo, creciendo a su ritmo, cuando fui a ver la masa la pillé a tiempo antes de que llegara a casa del vecino y a la cabalgata… con las maletas en la puerta. La masa había levado muchísimo. Salió perfecto.

La base técnica de la receta que hago hoy viene de ahí, de una buena receta bien pensada, de Marga Cobas, una excelente cocinera. Receta a la que con el tiempo le he ido haciendo ajustes hasta dejarla como me gusta. No son cambios caprichosos: son decisiones después de repetirla muchos años. Y por eso esta es la que se ha quedado en casa.

Este no es un roscón para hacer con prisas, aunque con la cocina en orden y algo de tiempo puedes prepararla sin problemas.

Antes de empezar (léelo, porque importa)

Trabajo con prefermento y tang zhong. No son trucos ni nombres modernos para impresionar. Mejoran la textura, el sabor y la conservación. Se nota en la miga y se nota al día siguiente.

Y dos advertencias claras a tener en cuenta desde el principio:

-La masa es pegajosa. Así debe ser. No se corrige con más harina.

-Ningún líquido debe superar los 37°. Si la leche la mezclamos caliente a la levadura, nos la cargamos y no hay arreglo posible. Mejor templado que caliente.

Roscón de Reyes en Thermomix

Ingredientes (Para 1 roscón grande o 2 medianos)

Leche aromatizada

  • 200 ml de leche entera
  • Piel de ½ mandarina o naranja y de 1/2 limón (sin parte blanca, que amarga)
  • 1 palito de canela
  • 1 anís estrellado o unas semillas de cardamomo (opcional)

La leche se aromatiza sin hervir, se deja reposar y se enfría. No se busca perfume, se busca fondo.

Prefermento

  • 50 ml de leche templada
  • 5 g de levadura fresca
  • 90 g de harina de fuerza

Tang Zhong

  • 200 ml de la leche aromatizada
  • 50 g de harina de fuerza

Azúcar aromatizado

  • 120 g de azúcar
  • Piel de ½ limón
  • Piel de ½ naranja
  • Piel de 1 mandarina

Masa final

  • Todo el prefermento
  • Todo el tang zhong
  • El azúcar aromatizado
  • 10 g de levadura fresca
  • 4 huevos a temperatura ambiente
  • 85 g de manteca clarificada o ghee, (yo uso ghee a temperatura ambiente) y 45g más para el final 
  • 40 g de azúcar invertido o miel
  • 20–25 ml de agua de azahar Luca de Tena
  • 40 ml de anís o zumo de naranja
  • 600 g de harina de fuerza
  • 8 g de sal

El agua de azahar merece mención aparte. Uso la de Luca de Tena porque es limpia y equilibrada. El roscón tiene que oler a Reyes, no a perfumería. Aquí menos es más.

Elaboración 

1. Azúcar aromatizado

Introduce en el vaso limpio y bien seco el azúcar, programa 30 segundos, velocidad progresiva 5-7-10, para que se convierta en azúcar glas. Añade las pieles de los tres cítricos (sin parte blanca, que amarga) y programa 20 segundos, velocidad 7-10. Saca y reserva.

2. Leche aromatizada

Pon en el vaso la leche con las pieles y las especias elegidas para infusionarla. Programa 5 minutos, 90°, velocidad cuchara, giro a la izquierda. Cuando esté lista cuela y reserva (deja enfriar).

3. Prefermento

Sin lavar el vaso, diluye la levadura en la leche templada a 37°, añade la harina y amasa 1 minuto, velocidad espiga. Coge la masa y haz una bola, déjala en un bol engrasado y tapado con film y lo dejas unas 3-4 horas a temperatura ambiente. (Si lo vas a hacer al día siguiente, puedes guardarlo en la nevera acordándote de sacarlo al día siguiente por lo menos una hora antes para que coja temperatura).

4. Tang zhong

En el vaso limpio, echamos la leche aromatizada que hemos preparado antes y la harina y programamos 5 minutos, 70°, velocidad 3. Cuando llegue a esa temperatura, lo bajamos a 60°, ya que la temperatura ideal son 65° (con modelos posteriores como la TM 6, ponemos directamente 65°) y dejamos terminar.

Queda como una crema espesa, tipo natillas. Tápala con film a piel (para que no forme costra) y deja enfriar completamente en el mismo vaso de la Thermomix.

5. La masa final

Los ingredientes deben estar a temperatura ambiente. Antes de empezar preparo todo para no dejar nada al azar y que no se me olvide algún ingrediente:

  • el Tang Zhong
  • el prefermento en trozos
  • el azúcar aromatizado
  • la manteca de vaca o Ghee (esto último es lo que uso yo)
  • los huevos
  • el azúcar invertido o miel
  • el agua de azahar
  • el anís o zumo de naranja
  • la levadura fresca
  • la harina de fuerza
  • la sal

Ponemos, en el vaso en el que ya tenemos el Tang Zhong, el prefermento cortado en trozos, la levadura, el azúcar aromatizado con las pieles, los 85g de manteca derretida y fría o ghee, el azúcar invertido (o la miel), el anís o zumo de naranja, el agua de azahar y programamos 10 segundos, velocidad 5.

Añadimos la mitad de la harina y programamos 5 segundos, velocidad 5.

Echamos la otra mitad, los huevos y la sal y amasamos 5 minutos, velocidad espiga. Dejamos reposar 10 minutos.

Amasamos otros 5 minutos velocidad espiga y volvemos a dejar reposar otros 10 minutos.

Añadimos los otros 45g. de manteca o ghee y programamos 7 minutos, velocidad espiga

Aquí es importante conseguir que la masa esté elástica y brillante, pero pegajosa. Tiene que superar la prueba de la membrana: toma un pequeño trozo de masa y estíralo con cuidado entre los dedos. Si puedes formar una película fina, casi transparente, sin que se rompa enseguida, la masa está lista. Si se rompe, necesita un poco más de amasado. No hay prisa.

Dejamos que doble de tamaño en el mismo vaso o en un bol bien tapado (tarda aproximadamente 3 horas, dependiendo del frío que haga en nuestra cocina. Yo lo suelo guardar en la despensa o en el microondas/horno cerrado y apagado).

Si lo vas a hornear al día siguiente puedes dejar que arranque la fermentación (20-30 minutos) y guardar la masa en la nevera.

De una u otra forma, la masa estará inflada y habrá doblado su volumen. Si la has sacado de la nevera espera a que se atempere para que la puedas manejar bien.

Si haces el roscón con su forma tradicional, divide la masa en dos bolas. Si no, puedes hacer uno tradicional y el otro en forma de trenza, para lo que una de esas dos bolas debes dividirla en tres bolas. Aquí debemos acordarnos de untarnos las manos con un poco de aceite y poner un poco en la mesa de trabajo, ya que la masa es un pelín pegajosa. No pongáis más harina.

Boleas las bolitas de masa y las dejas que se relajen una media hora, luego las estiras haciendo como barrotes y formas una trenza. Y con la otra haces la forma de roscón redondo. Introduce el haba y la figura bien envueltas y sella por la parte inferior (en mi caso solo figurita).

Cada uno de ellos lo pones en una bandeja de horno al que le hemos puesto papel vegetal y los dejas que vuelvan a levar, que suele ser en unas 3 horas.

Una vez han levado, los pincelo con huevo batido (a temperatura ambiente) y les ponemos montoncitos de azúcar humedecidos con unas gotas de agua, anís o agua de azahar, o azúcar perlado que habremos comprado, guindas, frutas confitadas, almendra laminada… según preferencias y alergias.


Metemos en el horno precalentado a 180°, con calor arriba y abajo, sin ventilador. Hay personas que ponen un cuenco con agua en una esquina del horno para crear humedad. Yo lo hago tal cual, sin cuenco.

Horneamos entre 20 y 25 minutos, dependiendo de nuestro horno. Es mejor controlar un poco y cuando veamos que están dorados sacarlos. Hay que pensar que si nos pasamos de tiempo quedarán más secos.

Y ¡a disfrutar! Solo, con relleno, mojado en chocolate especiado, leche… Hay infinidad de opciones.


No es el roscón más bonito del mundo ni pretende serlo.
Es el que hago en casa. El que huele a cítricos, a horno encendido y a víspera de Reyes.

La primera vez que lo hice supe que no sería la última.

Y después de repetirlo muchos años, confirmo que esta es la receta que se queda.

No porque sea perfecta.
Sino porque funciona.

<< He aquí el Roscón de Reyes,

tradición de un gran banquete

en el cual hay dos sorpresas

para los que tengan suerte.

En él hay bien ocultas,

un haba y una figura;

el que lo vaya a cortar

hágalo sin travesura.

Quien en la boca se encuentre

una cosa un tanto dura,

a lo peor es el haba,

a lo mejor la figura.

Si es el haba lo encontrado

este postre pagarás,

mas si ello es la figura,

coronado y Rey serás >>

jueves, 1 de enero de 2026

FELIZ AÑO NUEVO 2026

No le pido grandes cosas al año que empieza.
A estas alturas, eso ya no me interesa.

Le pido que no me quite lo aprendido.
Que me deje mirar con un poco más de claridad,
caminar con paso más firme
y pensar con menos ingenuidad que antes.

Que me permita seguir haciendo las cosas como creo que deben hacerse:
despacio,
respetando lo que ya estaba
y sin necesidad de disfrazar lo que pienso.

Que haya trabajo hecho con honradez,
salud suficiente para sostener el día
y una sucesión razonable de días normales,
que no es poco y a veces lo es todo.

Empiezo el año sin artificios
y sin ganas de aparentar nada.
No desde la euforia,
sino desde el lugar concreto en el que me dejó el año anterior.

Llego a 2026 con lo vivido bien colocado,
con menos concesiones
y con más criterio.
Con el mismo respeto por las cosas hechas con sentido
y por las personas que están sin alterar el silencio.

Que no falte lo esencial.
Que no se pierda lo que merece quedarse.

Feliz Año Nuevo.
Seguimos.
Con los pies en el suelo.